El no que libera: límites desde el amor, no desde el miedo
Hay noes que se dicen gritando y noes que se dicen temblando. Los dos suelen venir del mismo sitio: del miedo.
Muchas madres me cuentan lo mismo con palabras distintas: "Digo que no, y al minuto ya me siento fatal". O al revés: "Aguanto, aguanto, aguanto… y un día exploto por una tontería".
Las dos cosas tienen algo en común. El límite llega tarde, cuando ya no queda nada dentro para sostenerlo con calma.
De dónde viene tu no
Antes de pensar en cómo poner un límite a tu hijo, te propongo mirar otra cosa: ¿qué te pasa a ti cuando tienes que decir que no?
Hay quien siente que si dice que no, la van a querer menos. Hay quien aprendió en casa que los noes llegaban con un portazo, y ahora no quiere repetirlo, así que no pone ninguno. Y hay quien los pone todos, por si acaso.
Ninguna de estas formas es un fallo. Son lo que aprendimos. Y se pueden mirar.
Un no que cuida
Un límite puesto desde el amor no es un límite blando. Es uno que se dice antes de llegar al borde, con pocas palabras y sin tener que justificarse durante diez minutos.
"Ahora no vamos al parque. Sé que te fastidia." Y quedarte ahí, al lado, mientras se enfada. Sin convencerle de que en realidad no pasa nada. Porque sí pasa: le ha fastidiado. Y tú puedes sostener eso sin cambiar de opinión.
Lo difícil no es la frase. Lo difícil es aguantar su enfado sin que se te remueva todo por dentro. Por eso, casi siempre, el trabajo empieza por ti.
Para esta semana
Fíjate en un solo momento en el que dices que sí queriendo decir que no. Solo fíjate. No hace falta cambiarlo todavía. Ponerle nombre ya es un primer paso.
Mercedes
¿Te has reconocido en algo de esto?
Podemos verlo juntas en una primera sesión de claridad, gratuita y online.